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Cuentos de La España de Franco de Luis Otaduy Guerreiro      Leer uno de los cuentos (más abajo)

 

Cuentos de la España de Franco, de Luis Otaduy Guerreiro.   Comprar a 18 € << link

 

 

Las Hijas Del Capitán (de Navío) de Luis Otaduy Guerreiro / El Inquilino de Rubén Ballestar Urbán

 

 

Las Hijas Del Capitán (de Navío) de Luis Otaduy Guerreiro / El Inquilino de Rubén Ballestar Urbán Comprar a 12 € << link

Tenerife y Las Palabras (cuadernos de Canarias) Luis Otaduy Guerreiro

Tenerife y Las Palabras (cuadernos de Canarias) Luis Otaduy Guerreiro   Comprar a 18 € << link

 

 

Rumbo Norte Autor: Luis Otaduy Guerreiro.

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Cuentos de la España de Franco, de Luis Otaduy Guerreiro.

 

 

Don de lenguas

 

A la moza Severina, natural de Rodrigatos de Obispalía, provincia de León, que había tenido amores con un afilador orensano en una cuneta, le nació un hijo natural con el don de lenguas. Al principio no se notaba porque el niño decía apenas amá, atá, apó, y cosas así, sin sentido. Pero al llegar a los dos años el niño empezó a pronunciar palabras de sonido bárbaro. Parecía como si hablase en otro idioma.

 ―A este niño le pasa algo, ¡recontra! ―se dijo Severina.

Y lo llevó al médico. El médico del pueblo aseguró que aquello no tenía la menor importancia y que muchos niños pronunciaban palabras sin sentido.

―Eso hasta viene en los libros —dijo el médico―. Se llama glosolalia.

Severina, más tranquila, se volvió a casa con el niño. Una casa pobre a la salida del pueblo en la que vivía con su hijo, y siguió haciendo las faenas de la casa y del campo como todos los días. Al niño, que se llamaba Ceferino, lo llevaban con ella a la era y allí se pasaba el tiempo sentado en un surco, manteniendo largos monólogos en su jerga ininteligible. Pero, un día de verano, un coche que pasaba por la carretera cargado de gentes rubias, se paró frente a la era de Severina, y salió un tipo que parecía albino haciendo gestos que Severina interpretó como que venía pidiendo permiso para beber de un botijo de barro con el que Ceferino jugaba en aquel momento, sentado entre dos surcos. «Beba todo lo que quiera», dijo Severina, al que hablaba por gestos, pero el niño, al ver que el otro le iba a quitar el botijo, se agarró a  él y no lo soltaba. Entonces el rubio le dijo al niño en un alemán infantilizado para la ocasión que no fuese cazurrito y que le dejase beber, que venía muerto de sed.

—El botijo es mío y no se lo presto ni mi madre —exclamó Ceferino en correcto alemán.

—¡Pero qué veo! —dijo el rubio haciendo aspavientos—, ¡un niño perdido en una era española que habla mi idioma!

El niño se quedó mirando para el otro extrañado de sus aspavientos y, sin comprender el motivo de su sorpresa, siguió hablando con él en alemán, pero sin dejarle el botijo, que tenía agarrado con las dos manitas.

La madre, que estaba viendo todo aquello desde lejos, se fue acercando con la boca abierta. Su asombro llegó al borde del desmayo al comprobar que el hijo de sus entrañas analfabetas se entendía con aquel individuo que no hablaba cristiano.

En Rodrigatos de Obispalía, lugar de estos sucesos, se armó un revuelo sólo parecido al que se armó pocos años antes, cuando pasó por allí la vuelta ciclista a España hacia la meta volante del puerto del Manzanal. Don Leocadio, el cura de Rodrigatos, pensó que lo mejor que se podía hacer en un caso como el de Ceferino era exorcizar al niño y dejarse de historias. «Eso se arregla con unos cuantos pases hechos con manos ungidas por un exorcizador». Severina no entendió una palabra de lo que le decía don Leocadio, pero dejó a su buen criterio la solución del asunto, que empezaba a ser preocupante. Don Leocadio reconoció que él nunca había hecho exorcismos, sin embargo dijo que el cura de Molinaseca, una aldea del Bierzo, tenía experiencia en echar demonios de cuerpos cristianos, que tenía fama de no hacerlo mal del todo, o sea, que era bastante bueno en lo suyo y que Severina haría bien en llevarle al niño de su parte a don Nemesio, que era como se llamaba el párroco de Molinaseca. Severina siguió el consejo y allá se fue un día con el niño en la camioneta de las gaseosas por las alturas del Manzanal, pasando la Cruz de Fierro hacia Molinaseca, en el camino viejo de Santiago que seguían los peregrinos franceses.

Don Nemesio, el exorcista, puso al principio alguna resistencia a hacer exorcismo. Decía que la cosa del exorcismo gastaba mucho y que su cuerpo cansado ya no estaba para muchas filigranas, que del último exorcismo había quedado consumido y que había tenido que reponerse con una dieta de huevos, leche y mantecadas de Astorga y que todo eso cuesta dinero, que no están los tiempos para bromas. Pero Severina le lloró a don Nemesio, dándole a entender que si no exorcizaba al hijo podía verse arrastrada a hacer alguna barbaridad, porque ella no podría seguir viviendo con un ser poseído por el diablo, por muy hijo suyo que fuese. Don Nemesio por fin se ablandó y dijo que bueno, pero que antes tenía que pasar por la rectoral para recoger las cosas de exorcizar. Severina le dijo que Dios se lo pague y tomó el camino empedrado de la iglesia, llevando a Ceferino en hombros, que en aquel momento iba cantando en inglés una vieja balada irlandesa que estuvo muy de moda cuando la guerra del catorce («It's long way pr Teperaree…»), completamente inconsciente el pobre del número que le esperaba en la parroquial. Por fin llegaron el cura con el sacristán y unas beatas encogidas y vestidas de negro, con muchos escapularios por el pecho y la espalda. Después de ponerse los hábitos talares y de tomar el hisopo y un cuenco con agua bendita, don Nemesio empezó con invocaciones en latín que eran contestadas por el propio niño Ceferino, pues el sacristán era nuevo y no se sabía la letanía. Don Nemesio, al oír a Ceferino contestando en latín, sintió un escalofrío que le agarró toda la espina dorsal e hizo que le temblase la mano que blandía el hisopo. Pensó que aquél iba a ser un caso muy difícil y temió que sus habilidades de exorcista no fuesen bastante.

—Agarre bien al niño y póngalo cabeza abajo —le dijo a Severina.

—¿Qué le va a hacer a mi hijo, señor cura? —preguntó Severina llena de aprensiones.

—Estate tranquila que no le pasará nada —respondió don Nemesio tartamudeando un poco.

Antes de empezar a exorcizar, pensó el sacerdote oficiante que convendría averiguar el alcance del mal, o envergadura del don de lenguas a erradicar. Acordándose de que había sido capellán de la División Azul en Rusia allá por los años cuarenta, don Nemesio le cantó a Ceferino la primera estrofa de una famosa canción rusa.

Kalinka, kalinka, Kalinka, maiyá… ―entonó don Nemesio, atento a la reacción del niño.

Ceferino siempre cabeza abajo, continuó la canción:

Santuniágara, Malinké, Malinké, maiyá

El exorcista se quedó de piedra y, pidiendo disculpas, se retiró a la sacristía apoyándose en las paredes para no caer redondo al suelo. Una vez que se hubo recuperado un poco, don Nemesio se arrodilló ante una imagen de San Fructuoso, patrón del Bierzo, para pedirle con fervor que le echase una mano en este difícil caso de exorcismo con el que se ponía en juego su prestigio en la comarca. Mientras don Nemesio estuvo en la sacristía, Severina siguió manteniendo al niño boca abajo, ya que no había recibido órdenes en contrario. A pesar de la difícil postura, Ceferino parecía tranquilo, aunque de vez en cuando se quejaba en bereber tunecino de la gaita de tener que estar tanto tiempo con la cabeza para abajo. Por fin apareció don Nemesio, algo pálido todavía, pero con gesto decidido y empezó a hablarle al demonio en latín con gritos horrendos que resonaban en toda la iglesia. Al principio, el diablo contestaba al cura con chulerías por boca del pobre Ceferino, pero, poco apoco y a medida que don Nemesio iba lanzando agua bendita, se vio que el diablo se replegaba hasta que, de pronto, y en medio de pavorosos gritos del párroco, todos pudieron ver como Ceferino era sacudido por un estremecimiento.

—¡Incorpóralo! —gritó el cura de pronto.

El niño, completamente envarado ahora, lanzó un grito gutural; luego, vuelto a la laxitud normal, se echó a llorar en brazos de su madre. Una ráfaga de aire recorrió entonces la iglesia y se oyó un tremendo portazo.

¡Ya está! —aseguró el cura, levantando con gesto teatral la mano derecha—.Ya está libre, cristiano, del rey de las tinieblas y señor de los infiernos. Vete en paz y da gracias al Señor que te ha curado de tu mal. Son doscientas pesetas.

El niño lloraba ahora sin fuerzas, extenuado.

Severina pagó y volvió a casa con el niño curado de su mal de lenguas. Desde entonces, Ceferino sólo se expresaba en castellano como cualquier otro niño de Rodrigados. De mayor, se hizo un hombre de provecho y como todo el mundo en el pueblo decía «paralís», «périto», «munecipal', «ende luego» y demás expresiones normales en los pueblos. Hizo el servicio militar y aunque estuvo más de dos años sin volver, no consiguió en todo ese tiempo aprender ni una palabra de alemán.

Hay que reconocer que, en materia de exorcismos, el cura de Molinaseca era una autoridad.

 

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