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la España de Franco, de Luis Otaduy Guerreiro. Comprar
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Cuentos de
la España de Franco, de Luis Otaduy Guerreiro.
Don de lenguas
A la moza Severina, natural de
Rodrigatos de Obispalía, provincia de León, que había tenido amores con un
afilador orensano en una cuneta, le nació un hijo natural con el don de
lenguas. Al principio no se notaba porque el niño decía apenas amá, atá, apó, y
cosas así, sin sentido. Pero al llegar a los dos años el niño empezó a
pronunciar palabras de sonido bárbaro. Parecía como si hablase en otro idioma.
―A este niño le pasa algo, ¡recontra!
―se dijo Severina.
Y lo llevó al médico. El médico del
pueblo aseguró que aquello no tenía la menor importancia y que muchos niños
pronunciaban palabras sin sentido.
―Eso hasta viene en los libros
—dijo el médico―. Se llama glosolalia.
Severina, más tranquila, se volvió a
casa con el niño. Una casa pobre a la salida del pueblo en la que vivía con su
hijo, y siguió haciendo las faenas de la casa y del campo como todos los días.
Al niño, que se llamaba Ceferino, lo llevaban con ella a la era y allí se
pasaba el tiempo sentado en un surco, manteniendo largos monólogos en su jerga
ininteligible. Pero, un día de verano, un coche que pasaba por la carretera
cargado de gentes rubias, se paró frente a la era de Severina, y salió un tipo
que parecía albino haciendo gestos que Severina interpretó como que venía
pidiendo permiso para beber de un botijo de barro con el que Ceferino jugaba en
aquel momento, sentado entre dos surcos. «Beba todo lo que quiera», dijo
Severina, al que hablaba por gestos, pero el niño, al ver que el otro le iba a quitar
el botijo, se agarró a él y no lo
soltaba. Entonces el rubio le dijo al niño en un alemán infantilizado para la
ocasión que no fuese cazurrito y que le dejase beber, que venía muerto de sed.
—El botijo es mío y no se lo presto ni
mi madre —exclamó Ceferino en correcto alemán.
—¡Pero qué veo! —dijo el rubio
haciendo aspavientos—, ¡un niño perdido en una era española que habla mi
idioma!
El niño se quedó mirando para el otro
extrañado de sus aspavientos y, sin comprender el motivo de su sorpresa, siguió
hablando con él en alemán, pero sin dejarle el botijo, que tenía agarrado con
las dos manitas.
La madre, que estaba viendo todo
aquello desde lejos, se fue acercando con la boca abierta. Su asombro llegó al
borde del desmayo al comprobar que el hijo de sus entrañas
En Rodrigatos de Obispalía, lugar de
estos sucesos, se armó un revuelo sólo parecido al que se armó pocos años
antes, cuando pasó por allí la vuelta ciclista a España hacia la meta volante
del puerto del Manz
Don Nemesio, el exorcista, puso al
principio alguna resistencia a hacer exorcismo. Decía que la cosa del exorcismo
gastaba mucho y que su cuerpo cansado ya no estaba para muchas filigr
—Agarre bien al niño y póngalo cabeza
abajo —le dijo a Severina.
—¿Qué le va a hacer a mi hijo, señor
cura? —preguntó Severina llena de aprensiones.
—Estate tranquila que no le pasará
nada —respondió don Nemesio tartamudeando un poco.
Antes de empezar a exorcizar, pensó el
sacerdote oficiante que convendría averiguar el alcance del mal, o envergadura
del don de lenguas a erradicar. Acordándose de que había sido capellán de la
División Azul en Rusia allá por los años cuarenta, don Nemesio le cantó a
Ceferino la primera estrofa de una famosa canción rusa.
—Kalinka,
kalinka, Kalinka, maiyá… ―entonó don Nemesio, atento a la reacción
del niño.
Ceferino siempre cabeza abajo,
continuó la canción:
—Santuniágara,
Malinké, Malinké, maiyá…
El exorcista se quedó de piedra y,
pidiendo disculpas, se retiró a la sacristía apoyándose en las paredes para no
caer redondo al suelo. Una vez que se hubo recuperado un poco, don Nemesio se
arrodilló ante una imagen de San Fructuoso, patrón del Bierzo, para pedirle con
fervor que le echase una mano en este difícil caso de exorcismo con el que se
ponía en juego su prestigio en la comarca. Mientras don Nemesio estuvo en la
sacristía, Severina siguió manteniendo al niño boca abajo, ya que no había
recibido órdenes en contrario. A pesar de la difícil postura, Ceferino parecía
tranquilo, aunque de vez en cuando se quejaba en bereber tunecino de la gaita
de tener que estar tanto tiempo con la cabeza para abajo. Por fin apareció don
Nemesio, algo pálido todavía, pero con gesto decidido y empezó a hablarle al
demonio en latín con gritos horrendos que resonaban en toda la iglesia. Al
principio, el diablo contestaba al cura con chulerías por boca del pobre
Ceferino, pero, poco apoco y a medida que don Nemesio iba lanzando agua
bendita, se vio que el diablo se replegaba hasta que, de pronto, y en medio de
pavorosos gritos del párroco, todos pudieron ver como Ceferino era sacudido por
un estremecimiento.
—¡Incorpóralo! —gritó el cura de
pronto.
El niño, completamente envarado ahora,
lanzó un grito gutural; luego, vuelto a la laxitud normal, se echó a llorar en
brazos de su madre. Una ráfaga de aire recorrió entonces la iglesia y se oyó un
tremendo portazo.
¡Ya está! —aseguró el cura, levantando
con gesto teatral la mano derecha—.Ya está libre, cristiano, del rey de las
tinieblas y señor de los infiernos. Vete en paz y da gracias al Señor que te ha
curado de tu mal. Son doscientas pesetas.
El niño lloraba ahora sin fuerzas,
extenuado.
Severina pagó y volvió a casa con el niño
curado de su mal de lenguas. Desde entonces, Ceferino sólo se expresaba en
castellano como cualquier otro niño de Rodrigados. De mayor, se hizo un hombre
de provecho y como todo el mundo en el pueblo decía «paralís», «périto»,
«munecipal', «ende luego» y demás expresiones normales en los pueblos. Hizo el
servicio militar y aunque estuvo más de dos años sin volver, no consiguió en
todo ese tiempo aprender ni una palabra de alemán.
Hay que reconocer que, en materia de
exorcismos, el cura de Molinaseca era una autoridad.
El libro con esta narración, y muchas más, está a la
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